Regalo para mi futura nuera

Regalo para mi futura nuera.

Una madre le da a su hijo un curso intensivo de economía doméstica

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Regalo para mi futura nuera

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Por Marcia Dsanctis / Tomado de O, the Oprah Magazine

Si he hecho pasta dos veces a la semana desde que Ray, mi hijo de 17 años y medio, empezó a comer alimentos sólidos, eso equivale más o menos a 1,768 cacerolas de ese plato. Así que una noche del verano pasado, cuando le pedí que me ayudara a preparar la cena, su respuesta me tomó por sorpresa.

—¿Qué es un colador? —dijo.

Mientras le explicaba con cierta aprensión que un colador es un utensilio de cocina que tiene hoyos, me pregunté en qué otras cosas había yo dejado de preparar a Ray. Me sentía segura de haber criado a un muchacho autosuficiente. Pero, ¿sabía hervir agua? ¿Coser un botón? ¿Lavar su ropa sin cambiarla de color? No, no y no. De pronto, la realidad me cayó encima como una tonelada de pasta cocida: en un año mi hijo dejaría la casa para ir a la universidad. No podía yo soltar al mundo a un principito mimado.

Como padres, nos concentramos en forjar la confianza y el carácter de nuestros hijos, pero rara vez nos ponemos a pensar en que también estamos formando a un futuro compañero de cuarto, novio, huésped, esposo o padre de alguien. Necesitaba yo saber que había educado a un joven que nunca le preguntaría a la mujer de su vida: “¿Qué hay de cenar?”

Así que se me ocurrió algo: inscribiría a mi hijo en un curso intensivo de economía doméstica, impartido por mí. Durante dos horas, tres veces a la semana, Ray era sólo mío. Ideaba yo un menú, como lo hacía mi propia maestra de economía doméstica, y él lo preparaba; por ejemplo, espagueti a la carbonara, y de postre, rebanadas de mango con ralladura de limón. Un día, mientras su salsa de tomate se cocía en la estufa, se puso a limpiar y condimentar un pollo para asarlo; luego, siguiendo una receta de mi abuela, preparó la pasta para una tarta de manzana y la rellenó, al tiempo que escuchaba mi disertación sobre la importancia de precalentar el horno.

Tres de mis cuatro abuelos eran sastres, así que Ray tenía la programación genética para dominar las tareas básicas de ese oficio, como remendar una prenda descosida o coser un botón. Una tarde nos dedicamos a la parte más compleja de lavar la ropa: le enseñé que nunca debe meter a la lavadora una playera roja con camisas blancas, y que no debe poner los suéteres en la secadora. Yo sabía que Ray preferiría estar jugando basquetbol en el patio que zurciendo calcetines conmigo, pero era innegable que estaba aprendiendo… y no sólo sobre las labores del hogar.

—Valoro mucho más lo que haces como mamá —me dijo un día.

Ray ahora comprende las sutilezas de preparar una vinagreta y, lo que es más importante, se da cuenta de que no tiene nada de varonil ser un inútil. No sólo puede prepararse solo la cena, sino que puede cocinar para toda su familia. Y eso es a lo que yo llamo ser un hombre. 

 

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